Por: Pablo J. Gutiérrez F.III, CPCU
Rumbo a dejar a sus hijos en la escuela, Pedro iba pensando en algo que parece sencillo pero no lo es, su tarjeta de crédito. Lo usa en su día a día, para la gasolina, el supermercado, alguna urgencia y, de vez en cuando, para darse un gusto; ese famoso “yo me lo merezco”. Como muchos panameños, Pedro no siempre se detiene a comparar si la tarjeta que tiene realmente le conviene. Y es justo ahí donde empieza el problema.
El más reciente estudio de la ACODECO/SBP sobre tarjetas de crédito deja una lección clara, no todas las tarjetas cuestan lo mismo, ni de lejos. Hay diferencias importantes entre las más de 300 tarjetas que emiten las 33 instituciones mencionadas en el estudio. Desde diferencias en tasas de interés (algunas superiores al 35%), membresías que van desde $0 a $300, hasta condiciones con detalles sumamente interesantes, hay una pluralidad de opciones en el mercado. Esto se traduce, en otras palabras, en que dos personas pueden deber el mismo monto y terminar pagando cosas muy distintas simplemente porque una escogió mejor que la otra.
Eso, para Pedro, no es un un mero detalle técnico, es chen chen que sale de su bolsillo. Es margen que desaparece. Es lo que puede marcar la diferencia entre llegar holgado o apretado a la próxima quincena.
Si Pedro toma una tarjeta sin mirar bien la tasa, la membresía anual, los seguros asociados, y otros cargos, puede terminar amarrado a un producto que le sale mucho más caro de lo que pensaba. Y lo más peligroso es que, muchas veces, la decisión se toma por impulso. Porque se la ofrecieron en un mall, porque el plástico se veía “premium” o porque la aprobaban rápido. Pero una tarjeta no se escoge por el color ni por el logo. Se escoge por costo, utilidad, condiciones, y procurando tener disciplina infalible.
Al panameño de a pie le han vendido por años la idea de que tener acceso a crédito es sinónimo de progreso. La realidad es un poco más compleja que eso. El crédito puede ser útil, sí, y ha servido para el desarrollo de personas y países a lo largo de la historia. Sin embargo, mal manejado se convierte en una fuga silenciosa de dinero. Y cuando uno vive entre supermercado, gasolina, escuela, alquiler, seguro y uno que otro imprevisto, cada punto porcentual pesa.
Por eso Pedro tiene que estudiar el mercado. Tiene que comparar y preguntarse cuál tarjeta se ajusta mejor a su realidad y no a una versión aspiracional de sí mismo. Tal vez no necesita la que da acceso a los famosos lounges, o salas VIPs, de los aeropuertos, ni la que promete millas que nunca va a usar. Tal vez le conviene más una con menor tasa, baja (o nula) membresía, y beneficios sencillos, pero reales para su rutina.
La tarjeta ideal no es la más bonita, sino la que menos castiga cuando el mes se aprieta.Y una vez que la tiene, toca usarla con cabeza y tener disciplina. Como hemos dicho antes, el éxito en las finanzas es 80% hábitos y 20% conocimiento. La responsabilidad individual es lo que denotará cuanto terminaremos pagando en intereses. Puede ser $0 todos los meses, o tu quincena completa si quisiste tirar guaperia.
Lo primero que Pedro debe hacer es no gastar con la tarjeta lo que no podría pagar con su ingreso normal. Si no lo puede cubrir sin inventar, ya se está metiendo entre la espada y la pared.
Lo segundo es procurar pagar el total, no solo el mínimo. El pago mínimo da alivio inmediato, pero alarga la deuda como tranque de viernes en la tarde.
Lo tercero es no usar la tarjeta como extensión del salario. La tarjeta no está para tapar un estilo de vida que el bolsillo no aguanta, y mucho menos es dinero gratis. Está para ordenar y facilitar pagos, y aprovechar beneficios con control.
Y lo cuarto es revisar el estado de cuenta con atención. No basta con ver cuánto toca pagar. Hay que mirar cargos, intereses, seguros, membresías, y fechas de corte y pago. Muchas veces el desorden financiero empieza cuando uno deja de mirar.
Pedro no necesita volverse experto en banca para manejar mejor su tarjeta. Pero sí necesita entender algo básico, y es que en un mercado donde las condiciones cambian tanto, escoger mal cuesta dinero y usar mal cuesta tranquilidad. Y de ambas cosas, al panameño de a pie, ya bastante le falta.
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